18 abril 2006

La Marcha (IIII)

Ya están muy cerca y mis congéneres no se enteran del peligro que corren. No son conscientes de que si no huyen hacía el interior morirán o serán atrapados por los humanos.
Todos los días pasan cientos de animales huyendo del caos y destrucción. Corren asustados buscando un nuevo hogar que algunos no llegarán a encontrar.
Mañana haré algo para que estos monos tontos comiencen el éxodo hacía el norte o cuando quieran reaccionar ellos ya será demasiado tarde.

Después de pensarlo mucho he decidido que yo no les acompañaré. Me iré sólo. Voy a independizarme. Me dedicaré a recorrer el mundo a mi antojo. Ya no aguanto más esta monotonía de estar siempre en el mismo sitio y con los mismos monos todo el rato.
Son un lastre para mí, aunque no les culpo. Nadie tiene la culpa de que yo sea demasiado listo para estar con los monos y demasiado tonto para estar con los humanos, bueno con algunos humanos.

Ya se han ido todos. He tenido que fingir que se acercaba unos temibles depredadores con la intención de atacar nuestro clan.
No ha hecho falta insistir mucho, son fáciles de engañar. Correrán sin mirar atrás durante varios días hasta que crean estar a salvo. Seguramente no notarán mi ausencia. Pronto se adecuarán al nuevo lugar y volverán a la rutina diaria.


Observo el lugar por última vez antes de irme en otra dirección. Oigo el rugir de las motosierras al fondo y al rato el estruendo de otro árbol que cae.
No pensé que me iba a dar tanta pena dejar a los míos ni este lugar. Oigo el grito de un mono a lo lejos, aunque no me suena familiar.
Cabizbajo y arrastrando el rabo me alejo de allí sin mirar atrás. Cómo duele arrancar las raíces y echar a andar.