14 marzo 2010

TENDENCIAS AL CAMBIO

Aquella noche apenas dormí. Hacía tanto tiempo que no nos veíamos que temía no reconocerla cuando apareciese ante mí.

La recordaba dulce y de mirada alegre. Sus largas coletas rubias caían sobre sus hombros y su sonrisa me anestesiaba y siempre me hacía soñar con un futuro a su lado que nunca se cumplió.

Era demasiado pequeño para comprender lo que era el caer enamorado ante alguien y por eso aquella sensación tan extraña que recorría mi cuerpo cada vez que la veía me asustaba y no me dejaba articular palabra. Hacía que mis piernas temblasen como si acabase de subir cien mil escaleras y una sonrisa tonta aparecía en mi rostro sin poder remediarlo.

Y así pasaron los días, las semanas, los meses y hasta un par de años feliz cada vez que salía a la calle por que podría verla, ajeno a los juegos tan ridículos que practicaban mis amigos y desatendiendo en el colegio a las lecciones magistrales de don Augusto nuestro profesor.

Ajeno a que todo tiende a cambiar me pilló desprevenido su marcha. De la noche a la mañana ella y su familia desaparecieron como desaparece un preso de una prisión tras huir por un túnel y dejar al carcelero con cara de tonto observando la vacía celda.

Ese carcelero con cara de tonto era yo. Pasé de aquel estado de felicidad absoluta donde nada más existía a aquella cruda realidad que se abría frente a mi y que me hizo abrir los ojos y descubrir que no todo era tan bonito, que los juegos que practicaban mis amigos no eran tan ridículos y que me tocaba repetir curso con don Augusto.



Lo que pareció iba a suponer una losa sobre mi cabeza pronto se pasó como pasan todas las cosas a esas edades y fui olvidando aquellas coletas y aquella sonrisa y dejé de sentir aquella sensación extraña que con el paso de los años descubrí que lo llamaban amor.

Pasaron más años y como todo seguía tendiendo a cambiar mis padres un buen día me comunicaron que nos cambiábamos de pueblo por que a mi padre le habían trasladado en el trabajo.

Esto me hizo descubrir que los cambios son siempre duros como las despedidas y que todo lo que cuesta hacer amistades se puede perder en pocos días.

Nos instalamos en un bonito barrio. Pronto encontré nuevos amigos, nuevo instituto y nuevas chicas con las que intercambiar miradas, torpes palabras y besos precipitados.

Los años continuaron pasando a un ritmo que cada vez me parecía más rápido. Tenía la sensación que cuanto más mayor me hacía más prisa se daban los años en pasar.

La insistente tendencia a los cambios continuó y en este veloz transcurrir de años acabé los estudios, encontré varios trabajos, me cambié de casa, de barrio, la forma de vestir, las formas de diversión y muchas cosas más que supusieron un sinfín de cambios que me hicieron sentir un día al levantarme de la cama que me había hecho mayor y que a pesar de todos aquellos cambios seguía sintiendo que algo me faltaba.

La noche siguiente soñé con ella, con la niña de las coletas que tanto me encandiló de niño y nada más despertar supe que tenía que encontrarla por que algo me decía que supondría el cambio definitivo que me faltaba.

Indagué. Removí Roma con Santiago y gracias a las maravillas del internet la encontré.

Me enteré donde vivía y donde trabajaba y ni corto ni perezoso decidí esperarla un día a la salida de su trabajo.

Y aquí es cuando me encuentro en la situación del principio del relato. Pensando todo esto que os he contado y a punto de averiguar que la tendencia a los cambios no solo me afectaba a mi sino que todo lo que me rodeaba era objetivo también de los cambios producidos por el infalible paso del tiempo.

¿No os ha pasado nunca que tenéis en el recuerdo alguna fabulosa serie de televisión que os encantaba de pequeño y que por culpa de la estúpida curiosidad mata gatos os sentáis un día a verla y en los primeros minutos de visionado comprobáis que aquella estupenda serie realmente era un truño castigado por el paso del tiempo?¿Y de repente no os invade la desilusión y os entra la sensación que vuestro pasado en realidad es un decorado creado por vosotros mismos para sentiros mejor?

Así más o menos me sentí yo cuando vi salir. Allí no había ni coletas rubias, ni sonrisas anestesiantes. Por no quedar no quedaba ni la mirada alegre. Por no quedar no quedaba ni la mirada alegre.

Lo que si que apareció para rematar el desencanto fue un hombre que debía ser su marido acompañado de tres niños que deberían ser sus hijos.

Cabizbajo me volví a casa y desde aquel fatídico día nunca más volví a soñar con aquella niña de las coletas rubias y de mirada alegre.


1 Comments:

Blogger benjy said...

hola que tal! permítame felicitarlo por su excelente blog, me gustaría tenerlo en mis blogs de entretenimiento. Estoy seguro que su blog sería de mucho interés para mis visitantes !.Si puede sírvase a contactarme benjycl@gmail.com

10 noviembre, 2010 20:22  

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