14 mayo 2008

OPERACIÓN FALLIDA

De niño cuando me preguntaban que quería ser de mayor nunca se me ocurrió responder cirujano. Mi respuesta se asemejaba a la de los demás niños, piloto, bombero, policía, de todo menos cirujano.

Y hoy aquí me hallo por primera vez en mi vida en un quirófano rodeado de enfermeras y junto a un cuerpo inerte por los efectos de la anestesia.

Nunca, ni en el más atrevido de mis sueños me imaginé que llegaría a acabar algún día en la situación que me encuentro dispuesto a abrir en canal a un hombre al que no conocía de nada.

Un latido fuerte golpeaba mis sienes como síntoma de lo nervioso que estaba. Debajo de ese gorrito verde que llevan todos los cirujanos se empezaban a formar gotas de sudor dispuestas a comenzar un descenso por la frente.

La enfermera de mi derecha limpió la zona del paciente que debía de rajar con una gasa impregnada de alcohol.

Mis piernas comenzaron a temblar sabedor de que se acercaba el momento en el que debiera introducir sin titubeos el bisturí en aquella blanca y pálida carne.

La enfermera de mi izquierda me pasó una gasa por la frente, se ve que la gota de sudor había decidido ya comenzar el descenso. Otra enfermera me ofreció un bisturí. Antes de cogerlo la miré como intentando atisbar alguna señal que me indicara que no era necesario usar aquel utensilio pero su falta de gestos me confirmó lo necesario que era.

Acerqué mi mano temblorosa hasta que así aquel bisturí. Creo que la enfermera se dio cuenta de mi temblor y entonces fue ella la que me miró a mi buscando un gesto tranquilizador indicándola que todo iba bien y aunque no era así yo si lo hice creer.

De nuevo la enfermera de mi izquierda limpió el sudor de mi frente. Notaba un ligero atisbo de mareo que logré contener. Había llegado hasta allí no podía parar ahora.

Presioné el bisturí en la zona de carne marcada con sumo cuidado y aun así la sangre comenzó a brotar.

Unos golpes secos sonaron en la puerta del quirófano mientras yo hundía el bisturí abriendo una profunda herida en el paciente.

Todos mis ayudantes turnaban su atención entre el jaleo que había tras la puerta y en mi dudosa actuación con el bisturí.

Ya nadie estaba atento a quitarme el sudor y una gota calló muy cerca de la herida abierta. El hombre que yacía en la camilla sangraba copiosamente. Nadie sabía como actuar en aquella confusa situación.

Fui perdiendo la visión por culpa del mareo. Por fin las puertas del quirófano fueron abiertas de golpe.

La mano que conducía el bisturí perdió contacto con mi mente haciendo más profunda aún la brecha en aquel cuerpo. Cuatro o cinco policías entraron en el quirófano justo cuando caí desmayado encima del paciente al que había rajado instantes antes.

La máquina que vigilaba las constantes vitales del enfermo comenzó a pitar. Los allí presentes lo comprendieron todo de repente. Yo no era cirujano. Había entrado allí simulando serlo para no ser encontrado por la policía.

Ya era tarde para arreglar aquel desaguisado. El paciente murió, a mi me atrapó la policía y aquella enfermera que me limpiaba el sudor huyó con el dinero, con su parte y la mía.


Foto: robotconscience

2 Comments:

Blogger Elisa said...

En realidad es cierto, ninguno sabemos qué acabaremos siendo de mayores, pero está claro que espero que no :P

19 mayo, 2008 16:37  
Blogger BIPOLAR said...

Macaco podías haber puesto una fotografía del cirujano.
¡Cualquiera se deja ya operar en las SS!

20 mayo, 2008 17:57  

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